Durante estas vacaciones de agosto estuve por varias ciudades de Ecuador atendiendo invitaciones de algunas universidades amigas.


Debo aclarar a mis colegas nacionales que el pasaje me lo enviaron y no lo compre con mis recursos. Si hubiese sido así, hoy sería sospechoso de algo, como mínimo de enchufado.

Confieso que no es la primera que voy, de tal manera que el sitio no me es extraño. Visitar Ecuador siempre es grato. No solamente se come bien (suficiente para aceptar la invitación), sino que se come muy rico y abundante. Esta costumbre la tuvimos en nuestra tierra pero la hemos perdido por culpa del Galáctico y sus legatarios. Ojo, no lo digo yo.

A diferencia de oportunidades anteriores (tenía 2 años que no iba), encontré un país lleno de compatriotas realizando todos los oficios posibles. Usted está en Quito y cree que está en Las Mercedes o en Catia, dependiendo del sector que visite. Hoy día uno se encuentra como en casa. Me sucedió en un pequeño comedero vía Cuenca, al oír a quien despachaba le pedí de manera inconsciente una empanada y un guayoyo. El dependiente, oriundo de Maracaibo, me recordó que no estaba en mi terruño y que lo que tenía para ofrecerme como desayuno era Bolón o Tigrillo (comida hecha a base de plátano verde).

Están por todas partes, limpiando vidrios en los semáforos, vendiendo avena en la calle, vendiendo cigarrillos en la calle, como mesoneros, cocineros, vendiendo arepas en las zonas donde trabajan muchos venezolanos y también muchos profesionales en diferentes áreas haciendo algo de lo que estudiaron o no. Debo decir, por otra parte, que el trato dado a nuestros compatriotas ha sido muy solidario.

Pero me voy a referir a un caso especial. Se trata de Uriel, un jovencito de 22 años que conocí en el Hotel donde me aloje en la ciudad de Quito. Quizás la tragedia de Uriel no sea peor a la de muchos otros que como él, tomaron la decisión de ir a sobrevivir en un país extraño. Uriel, oriundo de La Guaira, llegó caminando a Ecuador con su madre y su otro hermano, quien decidió seguir de largo a Perú en búsqueda de apoyo de un tío que está en Lima desde hace varios años.

Uriel, no solo es el encargado de la recepción en el Hotel, también es el cocinero encargado de hacer el desayuno, hace labores de mantenimiento, limpia los baños, acomoda las mesas para el almuerzo, controla todo lo relacionado con el salón de fiestas, cambia bombillos, repara los enchufes y hace de vigilante nocturno. Uriel trabaja 16 horas seguidas de lunes a sábado y le pagan menos del sueldo mínimo.

Le comenté que para ecuatorianos amigos los venezolanos están siendo explotados y el caso de él parecía confirmarlo. Me contestó: “Profesor, yo prefiero ser explotado en Ecuador, que vivir esclavizado en Venezuela. Allá trabajaba como un burro y no ganaba ni para el pasaje. Aquí trabajo mucho y no me pagan lo correcto, lo sé, pero puedo comer todos los días, además estudio, ayudo a mi mamá y mando dinero a mi tía en La Guaira. Esto no es para toda la vida, cuando sea Chef buscaré un mejor empleo. En Venezuela con ese socialismo, así estudie o me mate trabajando, nunca saldré de abajo,”.