Demonstrators wave Mapuche and Chilean national flags amid tear gas and water cannon spray during a protest against Chile's government in Santiago, Chile November 3, 2019. REUTERS/Jorge Silva

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a capital, Santiago de Chile, el centro de la protesta social de los chilenos durante las últimas tres semanas, ahora tiene una doble cara.


Si no hubiera un persistente olor a gas lacrimógeno o a pintura de graffiti, sería imposible presagiar cómo se verá Santiago de Chile al caer la noche: la capital, el centro de la protesta social durante las últimas tres semanas, ahora tiene una doble cara, refiere AFP.

Una mañana como las otras en Santiago. Alrededor de una rotonda, algunos detalles llaman la atención: el césped quemado, bolsas de escombros apiladas en una acera, ramas carbonizadas esparcidas con basura, una parada de autobús incendiada y lemas políticos pintados en muchos edificios.

Desde el 18 de octubre, cuando comenzó la crisis social detonada por el incremento del precio del metro que ha dejado 20 muertos, Santiago es diariamente escenario de manifestaciones que casi de manera sistemática terminan en enfrentamientos con la policía.

Cada mediodía, en una especie de tranquila trashumancia humana, decenas de miles de manifestantes caminan por la Alameda, la principal arteria del centro de Santiago, deteniéndose frente al palacio presidencial para luego llegar a Plaza Italia, el epicentro de las protestas.

Es el lugar donde una gigantesca manifestación reunió el 25 de octubre pasado a un millón de los 18 millones de habitantes que tiene este país.

Desde el 18 de octubre, todas las tardes los tanques de los carabineros salpicados de pintura se aproximan a la multitud y luego usan sus mangueras para lanzar agua o gas lacrimógeno.

Los miles de manifestantes corren en todas direcciones, algunos con máscaras antigas, armados con piedras que han sacado de la calzada. Los proyectiles en llamas sobrevuelan la policía.

La ciudad resuena con las detonaciones, las sirenas de la policía, de las ambulancias, los gritos con consignas, el concierto de cacerolazos y otras percusiones urbanas improvisadas sobre todos los metales de la ciudad con los que los inconformes atacan frenéticamente.

Las movilizaciones se multiplican en varias zonas, cortando de manera repentina la circulación de los autos.

“No había visto esto desde el golpe de Estado (en 1973)”, dice David Quezada, un conductor de taxi de 67 años. “Eso es lo que se necesita para hacernos escuchar. Si eres pacífico, no funciona”.

El lío dura unas horas, desde las 5 de la tarde hasta cerca de la medianoche. Luego las brigadas de limpieza intentan hacer que la gente olvide los disturbios hasta la noche siguiente.

Marcas de la ira
La policía, los servicios de limpieza de la ciudad, los manifestantes y los residentes se activan para limpiar, recoger, apilar y colocar las piedras de la calzada, marcas de la ira del país.

Los automóviles vuelven a invadir las calles, rodando sobre miles de piedras que se extienden por la avenida, esquivando las barricadas incendiadas e ignorando a los policías desplegados y fuertemente equipados.

Los santiaguinos parecen adaptarse a esta vida esquizofrénica que ha marcado sus tres últimas semanas.

“Toda cambió, todo”, confía Hortensia Ferrada, de 49 años, mientras atiende un kiosco en la Alameda. “Yo que abría 24 horas, tengo que cerrar a las 16-17” horas locales. Sin importar que su local esté “completamente rayado” apoya a los manifestantes, pero “no al vandalismo, a los que saquean, a los que queman, no”.

Por la mañana los comercios vuelven a abrir sus puertas, las pintas se sacan con agua o se recubren con pintura.

Algunos siguen técnicamente sin trabajo, como Joel Silva, de 56 años y empleado de un restaurante en Plaza Italia: “Tres semanas hemos cerrado. Ayer (lunes) reabrimos. Servimos seis mesas y a las 13 empezaron los problemas. Bajamos la cortina”.

Joel le da la razón al movimiento porque según él “hay muchas desigualdades entre los poderosos y los trabajadores”.

Los manifestantes quieren extender las zonas a donde puedan expresar su cólera a nuevos barrios que hasta ahora se han mantenido relativamente intactos.

El domingo, una caravana de miles de ciclistas y motociclistas recorrió la lujosa zona de Las Condes, donde vive el presidente Sebastián Piñera, y el lunes, durante una jornada particularmente violenta, circuló una convocatoria a invadir el distrito comercial de la Torre Costanera, el rascacielos más alto y el centro comercial más grande de Sudamérica, símbolo del desarrollo económico de Chile.

 

Fuente: CONTRAPUNTO